jueves, 28 de noviembre de 2013

x (II)


©  Emil Schildt


Así otra noche más otra palabra otro zarpazo más como de animal herido
Otra noche aún preguntando siseando apartando la cabeza irguiendo los omóplatos
preparando la dulzura de las voces que no escucho

Me pregunto tanto siempre y sin embargo evito lo crucial, lo desalmado
Por qué habría de apiadarme tú no te apiadaste de mí
Dime en cierto modo quiero olvidar tu pensamiento te perdí hace tiempo al fin y al cabo ya sabes
Te di por perdido porque elegiste el maldito silencio ante todo el silencio y qué iba a hacer yo con una tumba vacía dime
sin poder llenarla más que de vigilias de bombillas de incertidumbres de agonía nada tierna de hojarasca de silenciopordios de tansolopidounpocodesilencionoestesinsonidoquemeempujayque-mearrasatodosycadaunodemisdíasdemisnoches de azucenas campanillas de colores verdes cobres grises
rojos
luego rojos
Bajo el rojo aguardé entonces como hija de la tempestad, cuánto le debió costar a esa madre inmensa alumbrarme y por eso yo jamás la dejo sola entiendes
jamás la dejo sola
jamás me

siempre, siempre dentro
la tormenta el agua el frío el viento
el inaplacable vendaval interminable el infinito ojo de tormenta que abre sus pestañas en mi pecho y ruge y canta y tiene siempre tanta, tanta hambre
y río
y río
Para qué mentir, recuerdo su sonido ya no recuerdo
aquella ansia ésta todas
tan repleta de cosas huecas cosas rotas sin pulsación alguna ni amenaza y tan sólo a veces
poesía

poesía bastarda y redentora

jamás ha sido lo mismo comprendes
jamás ha sido
y menos mal

Por qué me sangras aún a estas alturas
por qué me sangras
No sangré ya bastante acaso maldito mío criatura
no te bastó

Ahora tengo otra sangre no lo entiendes
no puedo dártela qué voy a hacerle y tampoco quiero

Ella en cambio se marchó sencillamente, eligió odiarme y al fin y al cabo eso acaba siendo paz
aunque sea al final
−muy al final−
pero al menos es algo
Y no sabes no tienes ni idea todos los altares que le tejí todas las mareas que le invoqué todas las granadas que sembré en su nombre en todos y cada uno de sus nombres
Así que no oses decir que no
no oses decir que

Silencio
Silencio maldita sea

Esta tormenta es mía en ella puedo gritar si me apetece y nadie lo sabrá lo juro
Y créeme, grito muchísimo
muchísimo

por lo menos yo intento cazarme a mí misma solamente
masticar mis propios miembros despacito, por si acaso consigo no darme cuenta

te cuesta creerme lo sé, lo huelo
así que no digas nada
sigue sentado en esa esquina deshojando a los gorriones

Ellos decían que yo era toda una delicia puedes creerlo
tanta cicatriz de la cual florecen primorosamente las cerezas


Y después preguntarán por qué soy una bestia semejante.





lunes, 25 de noviembre de 2013

Listen now and I shall follow...





Ésa era la tierra.


Ése era este lago.
Ésa era la niebla,
la humedad que nos observa silenciosa.
Ése era este barco medio hundido.
Ésa era esta ruina,
este despojo.


Ésos éramos nosotros erguidos sobre su osamenta pálida.
Ésas eran nuestras voces invocando antiguas cosas
recordadas a medias
a medias inventadas
(mas quién sabe).
Ésos eran nuestros nombres.
Ése era el latido,
nuestro miedo.
Ésas nuestras pieles,
nuestro estremecimiento firme.


Lo recuerdo.
Lo recuerdo y muero suavemente
No quiero saber
Sí quiero saber.
Te siento allí, nos siento
como se siente el hálito que asalta previo al verdadero asalto del aliento
el viento que te hace cerrar los ojos y que te engarza inevitable la sonrisa y que te arrastra
como se siente la primera nota de esa danza
Junco y agua y bruma y voz
Pies más blancos que la ira
más punzantes que el dolor


Recuerdo los pasos
Recuerdo
los
pasos


Este no-lugar salvaje de intermedios imbricados
todas las cosas bellas fundidas con las demás cosas
Alzo la frente. Ellos me dicen
me ofrecen me seducen me invitan me reclaman
me exhortan me demandan
me arrastran en su sombra húmeda y terrible
dulce y estancada
brillante como el espejo en que me hundo inevitable cada noche
riendo como una iluminada


Extiendo mis brazos que acarrean otros brazos
aferro la tierra entre los dedos
(su aroma cálido del color de las ofrendas en los templos)
a mi boca acuden despavoridas las palabras
en el lenguaje al rojo vivo y vibrante de las zarzas


y al fin entiendo



por fin


entiendo.







viernes, 22 de noviembre de 2013

Sphinx (rendez-vous)


© Laura Makabresku


Y tú
dime
cuál fue tu falta
dime
cuál fue
tu propio delito imperdonable
tu palabra última.







miércoles, 6 de noviembre de 2013

Mi querido diablo




[En respuesta a esta carta.]

Querido mío:

Después de pasar todos estos años huyendo de ciertas cosas, siempre he sido consciente de que un pensamiento límpido e inmisericorde se iba asentando en mi cabeza como un aroma penetrante de flor bella y moribunda; y ahora que te leo como hundido en sangre, su azote me alcanza con tus trazos como una certeza ineludible: Nosotros fuimos al mismo tiempo, mi adorado, nuestro más hermoso comienzo y nuestro más despiadado final.

No importa cuánto nos amáramos entonces, lo sabes, cuanto hubiéramos de amarnos todos entre nosotros, imbricados y fundidos y siendo carne de oleaje como pájaros felices de arder hasta extinguirse en el crepúsculo. No importa cuánto supiéramos mutuamente de ese abismo, porque al final todos renunciamos extrañamente a él aún no sé decir muy bien por qué razón, por qué demoníaco motivo impuesto por una tierra pretendidamente divina y que al vencernos finalmente lo único que consiguió fue despojarnos de lo bello, hacernos renunciar, correr hasta olvidarnos de nosotros mismos (de los otros nunca, claro, cómo olvidar, cómo saber olvidar alguna vez todo lo que nos recorrió entonces, toda la piel que nos creció mientras aullabas a la luna, amado mío, todo aquello que nos contemplaría fijamente la nuca y la bañaría con su aliento sin morderla toda la vida desde entonces, toda la vida).

Recuerdo esa pira también en aquella noche sin adornos, la noche en la que nos arrancaron algo tan preciado e irrepetible, algo que yo había intentado arrancar insistentemente de mí misma, comprendiendo en el fondo que uno no puede extirparse las vísceras por mucho que le duelan, por mucho que quiera aferrarlas y hundir su rostro en su encarnado resplandor. Lo pensé hace tiempo, mi exquisito y dulcísimo diablo, aunque nunca te lo dije, pues ya sabíamos hace mucho que los artistas nunca fueron criaturas inocentes, salvo él, él tal vez sí. Porque nosotros, tú y yo, sabíamos del horror y de la noche, pero en él hasta la infamia más perversa estaba recubierta siempre de un invariable fulgor blanco (por eso se lo llevaron antes, claro, dejándonos a ti y a mí aquí, hundidos hasta los pulmones en lo negro y fingiendo no saber o no entenderlo, ¿no es así…?).

Pero sí, huir, huir siempre. Y, sin embargo, ahora no puedo evitar pensar Míranos, de qué teníamos miedo, qué hubiera podido ocurrir que fuera tan terrible si al final siempre nos ha aguardado la muerte, de dónde salió ese pánico si éramos jóvenes, si teníamos la sangre y la risa necesarias, qué hubiéramos perdido realmente comparado con esto, hubiese sido siquiera comparable.
Ya no sé, mi bello diablo (ay, si yo hubiera nacido hombre, qué magnífico hubiera sido competir yo también por esos títulos, acaso incluso hubiese conseguido hacerte sentir encantadoramente amenazado, querido, no lo niegues), yo ya no soy nada, el mundo no me teme a mí sino a mi Hijo; pero si somos al menos la mitad de abominables de lo que nos han llamado, tal vez nos atrevamos a ser verdaderos monstruos en otra vida. Quizás entonces conseguiríamos que ellos callaran, que fueran ellos los que sintieran el terror con el que nos hemos permitido ineptamente asesinar, y nosotros lograríamos ser al fin hermosos seres de retales, ofensiva carne de discurso delicado y atroz como una guadaña de plata, como ese azul bestial que nos lleva asolando desde que se lo llevó a él. Incluso así tú y yo seríamos negros siempre, no te engañes; pero de este modo tal vez su estrella brillaría más tiempo esta vez, y la vida no consistiría en una mera obstinación absurda en parecerse lo menos posible a la vida.

Sé que hablo como una reina y sin embargo en esta tierra sólo gobierno sobre cosas inertes. Ni siquiera encuentro la voluntad necesaria para pedirte que te quedes, que no me abandones tú también, porque yo hace ya muchos años que me fui dejándote a tu suerte en este mal cauterizado desierto. Te he amado como a él, como a ellos, como a nada; y aun así resolví morir y nos abandoné a todos. Tú, el más infame, el más vilipendiado, insaciable pecador, ángel caído inagotable, al menos has tenido la educada deferencia de anunciarme tu muerte.

Porque vas a morir allí, hermano mío.

No, yo ya no soy nada en este mundo, y no obstante voy a permitirme aún una última osadía: Si, ebrio con el fantasma incandescente de los días, con la tinta y el hastío infectando y devorándote las venas, te encuentras de pronto con un filo a punto de trazar una luna inigualable en tu hermoso cuello inglés de tentador; recuerda cómo éramos entonces y piénsalo un momento antes de irte, mi diablo. Piénsanos: tú, yo, lo que sabíamos.

Y luego piensa en ellos, en esa raza ridícula.

Si todavía te queda algo de ti mismo (que no lo dudo, pese a lo que puedas decir no existe lugar lo suficientemente profundo donde desvanecerte del todo en este lado de las cosas) sé que estallarás en una soberbia y agria carcajada. Indudablemente, hemos cometido un crimen.

No tengo más que añadir. Si hoy, si ahora mismo dijera que te voy a echar de menos, sería una mentira feroz: Nosotros, nosotros, querido mío, llevamos añorándonos toda la vida.

Aguárdame en las llamas, mi adorado. Cuando mi única y última función se haya cumplido, cogeré tu mano (y −si existe algún dios por primera vez convenientemente vengativo− también la suya), mientras comienzas a susurrarme en la eternidad abrasadora todos esos versos que juramos que jamás podrían hacernos olvidar.

Siempre tuya,

Mary Wollstonecraft Shelley